Primer lote
El tambor de San Luis
Los primeros tuestes se hicieron en un tambor adaptado, con termómetro de varilla y mucha prueba y error. Se compraban lotes chicos a productores de Salta y Jujuy, se anotaban curvas en cuadernos y se repartían muestras entre cafeterías del centro. La mayoría de esos envíos terminaron en conversaciones largas más que en ventas.
Aprendizaje
El año que se tostó para aprender
Hubo una etapa en la que casi no se vendió. Se invirtió ese tiempo en viajar a fincas de Cafayate y Chicoana, medir humedad de grano verde y comparar perfiles de taza entre cosechas. De ahí salió la decisión de trabajar solo con microlotes trazables y de dejar afuera cualquier mezcla que no se pudiera explicar en la etiqueta.
Oficio
La barra de madera y el primer local
Abrir un espacio propio obligó a ordenar todo lo que antes era intuición: recetas fijas, tiempos de extracción, capacitación de baristas. La barra se armó con madera de descarte de un aserradero de la zona, y ese gesto terminó definiendo la estética del proyecto. También marcó la relación con los clientes: se explicaba el origen del grano antes de cobrar.
Red
Tostadores que se sientan a la misma mesa
Con el tiempo se armó una red informal con otros tostadores del interior. Se comparten muestras, se discuten perfiles y se coordinan compras conjuntas de grano verde para bajar costos de flete. Esa colaboración cambió la escala del proyecto: ya no era solo una cafetería, era un nodo dentro de un circuito gastronómico más amplio.
Hoy
Ferias, cocinas y cultivos regionales
El trabajo actual combina tueste, formación de baristas y presencia en ferias de alimentos del centro y Cuyo. También hay vínculo con cocinas que incorporan cultivos andinos y buscan un café que dialogue con esa carta. La identidad del proyecto sigue siendo la misma: producto local, explicación honesta y paciencia para sostener relaciones largas con quien produce.